El brote de COVID-19 desde una perspectiva de resiliencia urbana
Para que nuestras ciudades se adapten y recuperen del brote global de COVID-19 es muy importante tomar en cuenta las particulares tensiones crónicas de cada localidad, ¿cómo entender esta crisis desde una perspectiva de resiliencia urbana?
El brote epidémico de COVID-19 es un problema urbano. Desde su origen en un mercado, punto de encuentro característico de cualquier ciudad, hasta su dispersión global nos muestran que la mayor cantidad de contagios, así como dónde son evidentes las medidas para su contención, está ocurriendo en zonas urbanas. Tan sólo en la ciudad de Nueva York, en Estados Unidos, al 7 de junio de 2020 se han concentrado más de 200 mil casos confirmados y 21 mil muertes. Si esta ciudad fuera un país, sería el séptimo en el mundo con mayor número decesos, entre España (con más de 27 mil) y México (con más de 13 mil). En el caso de éste último, la mayor cantidad de casos se concentran en la capital del país y las pocas localidades que aún se mantienen sin casos activos y que no colindan con municipios que presenten contagios están generalmente zonas rurales y aisladas de acuerdo a la plataforma de información geográfica COVID-19 de la UNAM.
Esta situación nos obliga a analizar el fenómeno desde una perspectiva urbana. No sólo por cómo se han distribuido los casos sino también porque nuestras ciudades se están adaptando a una realidad en la que tendrán que recuperarse de los estragos económicos y sociales del brote epidémico al mismo tiempo que necesitarán convivir con el virus hasta que se genere y se distribuya una vacuna. Una vez que las ciudades de todo el mundo se hayan adaptado a esta situación y hayamos generado inmunidad a la enfermedad, podremos recuperar un estado de funcionamiento urbano relativamente estable y comparable al que existía antes de esta crisis. En pocas palabras, nuestras ciudades necesitan ser resilientes al brote epidémico.
La resiliencia urbana se refiere a la capacidad de las ciudades para sobrevivir, adaptarse y salir adelante, principalmente ante dos tipos de fenómenos : los impactos agudos (shocks), y las tensiones crónicas (stresses). La pandemia de COVID-19, como cualquier otro brote epidémico, se comporta como un impacto agudo que altera el funcionamiento cotidiano de la ciudad. Durante las últimas semanas han sido comunes las imágenes de hospitales y cementerios saturados, actividades económicas en pausa y espacios públicos vacíos. Aunque algunos efectos y medidas de contención generarán cambios irreversibles, en su mayoría irán gradualmente desapareciendo conforme nos adaptemos a este fenómeno que muy probablemente tendrá una duración limitada. Cada ciudad tiene diferentes capacidades de resiliencia para responder y salir adelante de esta situación. Por ejemplo, ciudades con mayor capacidad hospitalaria y cobertura de seguridad social, como en Europa Occidental, tienen más posibilidades de mitigar el incremento de la demanda de servicios de salud, así como también las ciudades con mayor proporción de su población en el sector informal, como en América Latina, son más susceptibles de perder empleos a raíz de las medidas de confinamiento que los gobiernos han implementado para evitar contagios.
Frecuentemente las consecuencias de los impactos agudos se ven exacerbados a consecuencia de ciertas tensiones crónicas y en algunas ocasiones son estas mismas tensiones que desembocan en impactos cuando se combinan los factores necesarios para que los problemas latentes estallen. Con respecto a tensiones nos referimos a las condiciones que debilitan la estructura y funcionamiento de la ciudad de manera continua o cíclica, a diferencia de los impactos que ocurren de forma eventual y muchas veces inesperadamente. Problemáticas como la inequidad social, la contaminación atmosférica o las altas tasas de violencia son tensiones crónicas comunes. Durante los últimos días hemos visto, por ejemplo, que a consecuencia de la violencia sistémica e inequidad racial persistentes en muchas ciudades de Estados Unidos, el asesinato perpetrado por la policía de Minneapolis a George Floyd, un hombre afroamericano, ha desencadenado una serie de protestas y enfrentamientos a lo largo de dicho país.
Con respecto al brote de COVID-19, es muy probable que este impacto agudo contribuya a empeorar tensiones crónicas como la desigualdad social. Conforme el fenómeno avanza ha sido posible identificar, por ejemplo, que su letalidad puede llegar a ser mayor en las zonas más pobres y sobrepobladas de las ciudades. Tanto en Leganés, en Madrid, el Bronx, en Nueva York, e Iztapalapa, en la Ciudad de México, existen una serie de tensiones preexistentes, desde altas tasas de informalidad y empleos precarios hasta infraestructura deficiente, que contribuyen a una mayor exposición y vulnerabilidad de su población al virus.
Hacer frente a la crisis que ha generado el brote de COVID-19 desde una perspectiva de resiliencia urbana no solo nos permite entenderla de manera integrada y contextualizada, sino que también puede ser un punto de partida para impulsar transformaciones estructurales que vayan más allá de la respuesta puntual a la emergencia. De acuerdo a los resultados de una encuesta realizada por la Red Global de Ciudades Resilientes, en la que colaboran alrededor de 100 ciudades de todo el mundo, un número importante de gobiernos locales ha decidido atender la desigualdad social como una prioridad en el marco de los esfuerzos de recuperación a la pandemia, así como también se encuentran planeando dicha recuperación como un proceso integral.
En RESILIENTE creemos que hacer frente al COVID-19 desde una perspectiva de resiliencia urbana implica contextualizar los efectos de este fenómeno en el marco de las particulares tensiones crónicas de cada ciudad, muchas veces problemáticas bien conocidas pero insuficientemente atendidas. Trabajar en mitigar y resolver estas tensiones con una visión de largo plazo puede colocar a nuestras ciudades en una mejor posición ante la siguiente crisis, ya sea que provenga de un peligro sanitario o no.